Epilepsia: enfermedad o demonios (Sierra Leona, III)

Algo no encajaba.

Como otras mañanas, un grupo de opotos (hombre blanco en temne) volvían, después de un paseo por Milla 91, a la Clínica Nuestra Señora de Guadalupe que las Misioneras Clarisas gestionan en el corazón de Sierra Leona. Fuera, los pacientes esperaban su turno refugiados en la sombra, varias mujeres sostenían a sus bebés enfermos en brazos, algunos niños vendían los cacahuetes que transportaban en barreños sobre sus cabezas y Lucy, la enfermera, registraba a los pacientes. Pero algo no encajaba en aquella escena que ya se había convertido en habitual.

Seke [Buenos días]

Seke

Tope ander-a? [¿Cómo estás?]

Allí estaba. La pieza que no encajaba estaba arrinconada a la sombra de un banco: un niño de unos ocho o nueve años con la ropa, el costado y el rostro llenos de arena. Parecía inconsciente, pero al acercarse a él, los opotos comprobaron que movía los ojos, aunque no respondía a ningún estímulo.

Hey! Are you ok? [¿Estás bien?]—le preguntaron, extrañados de que nadie se preocupara por el pequeño.

Don’t touch him! [¡No lo toques!]—les gritaron varios pacientes, mientras algunos se acercaban e intentaban apartarlos por la fuerza; otros, simplemente, se reían.

Los opotos, desconcertados, se apresuraron a llamar a la hermana Adriana, responsable de la misión. La monja llegó rápido, dando zancadas, y enfadada. Sin dudarlo un instante, cogió al niño en brazos y se lo llevó dentro de la clínica. “Lucy!”, gritó, llamando a la enfermera, que soportó casi sin inmutarse una sonora bronca por no haber atendido al pequeño. El volumen de la reprimenda no era un detalle menor: la hermana sólo podía regañar a la enfermera pero la bronca, en realidad, era para todos los presentes. Las risas de los pacientes se acallaron de un plumazo.

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Epilepsia 3

Hasta que no entraron en la clínica los opotos no entendieron lo que acababa de ocurrir. “Epilepsia”, les dijo la hermana Adriana. “A este niño acaba de darle un ataque y ha convulsionado. Ahora se está recuperando”.

Padecer epilepsia en Sierra Leona significa sufrir no sólo una enfermedad sino el rechazo de la sociedad. En las regiones más desarrolladas existe la idea generalizada de que es una afección contagiosa y que bajo ningún concepto hay que acercarse al enfermo. Sin embargo, en las regiones rurales, donde la magia negra sigue jugando un papel fundamental, se cree que son los demonios los que se apoderan del cuerpo del enfermo y que tan sólo los chamanes son capaces de expulsarlos. Los brujos, con este pretexto, presionan a las familias para llevarse consigo a los ‘endemoniados’, incluidos los niños, y los convierten en esclavos sexuales. Aseguran que es la única forma de curarlos.

Para combatir este estigma, en 1999 se crea la ONG Epilepsy Association of Sierra Leone (EASL). Los voluntarios que colaboran con ella recorren las villas para concienciar a la población de la naturaleza de la enfermedad y para administrar medicamentos a los enfermos. “La prevalencia de la epilepsia es muy alta: existen 6.000 casos diagnosticados en un país de seis millones de habitantes”, explica Umar Kamara, enfermero y colaborador de la ONG.

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Según EASL, las causas de esta elevada prevalencia hay que encontrarlas en lesiones en el parto, infecciones en la infancia causadas por malaria, meningitis o convulsiones febriles. Además, la guerra civil que asoló el país entre 1991 y 2002 también tuvo una incidencia directa en esta casuística: las lesiones en la cabeza, ya sean con armas de fuego o machetes, no hicieron más que multiplicar los casos de epilepsia en el país

No es fácil arrancar de cuajo creencias tan arraigadas en la sociedad. Por ello, a los colaboradores de EASL los suelen acompañar enfermos que cuentan su experiencia en primera persona. Uno de ellos es Abuhman Kamara. En 1997, cuando tenía cinco años, le diagnosticaron la enfermedad. Hasta entonces, había sufrido ataques por las noches sin que sus padres pudieran encontrar una explicación. Hace tres años, sus padres enfermaron, por lo que la familia no tenía dinero para comprar su tratamiento. Desde entonces, EASL lo financia a cambio de que el chico, que tiene 21 años, cuente su experiencia.

El niño epiléptico que había sido recogido por la hermana Adriana se repuso durante unas pocas horas en una cama de la clínica de la Virgen de Guadalupe. Cuando los opotos regresaron a la habitación para ver cómo se encontraba, el joven paciente ya se había marchado sin dejar ningún rastro.

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Entrada escrita por María Jiménez, autora del blog África en portada, y por Gonzalo Araluce, del blog Meridiano Cero.

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Negra por dentro (Sierra Leona, II)

La hermana Adriana es pequeña y vivaracha. Hace dos años, las superioras de su comunidad decidieron que debía ponerse al frente de la casa de Milla 91. Ella seguramente apretó los dientes, entrecerró los ojos y asintió muchas veces con la cabeza. Sabe como nadie bandearse entre los locales: da los besos justos a los niños, no le tiembla la voz para dar una orden con una sonrisa y se gana el respeto y la confianza a partes iguales. Tiene una obsesión: que los habitantes de Milla 91 se olviden de esa maldita diferencia entre negros y blancos.

Sisteryou’re opoto. [Hermana, tú eres blanca].

No, no! Look my eyes [Mira mis ojos] -dice señalándoselos y poniendo su cabeza a la altura del pequeño-.What colour are they? [¿De qué color son?].

Black. [Negros]. –So, I’m black. [Entonces, soy negra].

-(…)

And if you see very deep, I’m black. [Y si miras muy dentro, soy negra].

Luego, entre ellos cuchichean: “La hermana es negra por dentro”.

Tres niñas posan en los jardines de la Clínica Nuestra Señora de Guadalupe, en Milla 91.

El Gobierno abastece de uniformes a todos los niños escolarizados. Según datos de 2011, el 77,4% de los niños concluye la educación primaria. El 39% de los jóvenes de entre 15 y 24 años son analfabetos.

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Tres niñas posan en los jardines de la Clínica Nuestra Señora de Guadalupe, en Milla 91. Las pequeñas rondan los cuatro años, aunque ni siquiera ellas están seguras de su edad.

Niños en una escuela de Madina, una villa a media hora de Milla 91.

Niños en una escuela de Madina, una villa a media hora de Milla 91. Por un día, dejaron las aulas vacías para que los médicos opotos pasaran consulta.

Florence, la niña de la derecha, tenía conjuntivitis. Le lavaron los ojos con aceite de palma. Vive con su madre, que es enfermera, su abuela, que es maestra en una guardería, y varios de sus hermanos y primos. A la más pequeña, los blancos le dan miedo.

Lizbeth, la niña de la derecha, tenía conjuntivitis. Le lavaron los ojos con aceite de palma. Vive con su madre, que es enfermera, su abuela, que es maestra en una guardería, y varios de sus hermanos y primos. A la más pequeña, los blancos le dan miedo.

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Sierra Leona: segundas impresiones

Seis años son muchos para un país en vías de desarrollo. Y lo son más aún para un país en plena posguerra. Hace seis años, en 2007, hacía sólo cinco que se había firmado el acuerdo que ponía fin a la guerra civil, después de once años de conflicto, entre 50.000 y 75.000 muertos y unos dos millones de desplazados (casi la mitad de la población  del país en aquel momento)*. Hace seis años se celebraron elecciones generales y hubo disturbios, con muertos incluidos. Hace seis años Sierra Leona era el país más pobre del mundo.

Hoy han cambiado algunas cosas. Las más visibles, las farolas al salir del aeropuerto, el número de carreteras asfaltadas, las motos que las surcan y la cantidad de teléfonos móviles por metro cuadrado. Otras, sin embargo, se mantienen inamovibles. Como el comienzo de la aventura: cuatro horas de viaje desde el aeropuerto de Lunghi, el cartel de bienvenida a Milla 91, la curva que deja a un lado la madraza y el camino hasta la misión de las Misioneras Clarisas. Estas fotografías son sólo las primeras [segundas] impresiones.

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Un grupo de niñas vestidas de uniforme en el patio de la escuela.

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Camino del colegio de chicos.

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La mano de un opoto (blanco).

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Mensajes para la vida a pie de carretera.

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Paul y “Dora”, en el patio de la Clínica Nuestra Señora de Guadalupe, en Milla 91.

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Las sonrisas desaparecen cuando hay un objetivo delante.

* “Redes, narrativas y debates en la guerra de Sierra Leona”, Óscar Mateos, en Más allá de la barbarie y la codicia (Ediciones Bellaterra, 2012).

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Rebelle, War Witch, Rebelde

Cuando vi el tráiler de Rebelle, War witch (La bruja de la guerra) o Rebelde, como se ha traducido finalmente en español, la segunda cosa que me llamó la atención [la primera fue la voz dulce y triste a partes iguales de una niña] fue la crítica indisimuladamente traída de Carlos Boyero: “Emocionante. De un lirismo desgarrador”. Una vez, Boyero masacró una película que, al parecer, era buenísima (cosa que hace bastante a menudo). Entonces, recuerdo que un lector ya de vuelta de todo escribió un comentario en medio de la indignación generalizada: “Sólo puedes leer las críticas de Boyero si te gusta el cine pakistaní”. O algo así. Total, que no sabía aún si la película me gustaría o no, pero algo debía tener para que Boyero mezclara “lirismo” y “desgarrador” en la misma frase. Vaya si lo tenía.

Rebelde cuenta la historia de Komona, una niña que vive en un poblado africano y a la que un día, cuando tenía doce años, los rebeldes que luchan contra el Ejército de su país la reclutan y la convierten en una niña soldado. La película cuenta lo que le ocurre a Komona durante los siguientes tres años de su vida. No sólo las crueldades de la guerra, sino la transformación de una niña en una máquina de matar.

En ningún momento se cuenta dónde se ambienta la película. En este artículo de Tommaso Koch se dice que el director, Kim Nguyen, eligió la República Democrática del Congo porque “tenía la idiosincrasia más fuerte”. Hay algunos elementos que dejan entrever su elección: el reclutamiento de niños de la guerra, la presencia del coltán (sobre el que se pasa de puntillas, aunque revelando su papel en la economía de guerra) o la importancia de la magia  negra.

La película, canadiense, no es una historia real y, sin embargo, te la crees desde el primer minuto. Quizá Komona no exista, pero sí otras niñas, y niños, con historias muy parecidas. Esa es probablemente una de sus grandezas: se han escrito reportajes, hasta libros, y se han grabado películas sobre los niños soldado, pero no todos consiguen retratar la dureza, la crueldad, el desgarro, como esta película. Una vez leí que la anestesia que nos causan las imágenes del hambre en África sólo se puede vencer si imaginas que quien está pasando hambre es tu hijo. Al ver a Komona, me imaginaba a mí con su edad, con doce años, y qué hubiera hecho si después de matar a mis padres, unos soldados me hubieran convencido de que el fusil, desde entonces, sería mi padre y mi madre. O si, como ella dice en la película, el jefe de los rebeldes hubiera puesto a un bebé en mi vientre. Es una película. O no.

Affichiste: Karine Savard

Cuando empezaron a salir los créditos, todavía con las luces apagadas, se escucharon algunos sollozos en la sala. Yo empecé a llorar cuando salí a la calle. [Ahora voy a hablar de otra cosa]. Esta semana me ha dado por pensar en el mal. Así, de repente. Primero leí este artículo, “Negra sombra”, de Lupe, ilustrado con una foto del horror en Siria. Después, las noticias sobre ese monstruo de Cleveland que, encima, no terminan de salir y cada nueva crónica es peor que la anterior. Luego está mi trabajo, del que yo también me anestesio, pero que, aunque no sólo, también habla del mal. Hasta entonces, sólo había pensado cuánto mal puede hacer el ser humano. Pero, después de que Komona viniera a contarme su historia, pensé en qué estaba haciendo yo para evitar que esas cosas pasaran.

Para no terminar así, os diré que Komona se llama en realidad Rachel Mwanza y que era una niña de la calle en Kinshasa hasta que los responsables del reparto la eligieron para protagonizar la película. Su vida, al parecer, ha cambiado mucho. Ganó el premio a mejor actriz en la Berlinale y su película estuvo nominada al Óscar, aunque no estoy segura de que ella supiera, hasta entonces, lo que eso significaba. Los yanquis ya le han dedicado titulares de los suyos, como “el increíble destino de una niña de la calle”, lo cual debe ser la prueba definitiva de que su vida ya es distinta.

La protagonista de Rebelde, en los Canadian Screen Awards./ THE CANADIAN PRESS.

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